Yo Ingeniero. |
Historias (casi) reales de un aprendiz de todo... |

Después de la lluvia de la tarde y dentro del calor sofocante del claustro mal llamado departamento donde Julien habitaba se podía observar su sombra a la luz de una lámpara mientras él, harto de si mismo se dedicaba a redactar algunas las notas del pequeño diario donde trabajaba, aquella vieja máquina de escribir se había convertido en algo más que un instrumento de trabajo: ¿Con qué sino con ella había encontrado consuelo al escribir después de que perdió a su madre, su único y último ser querido hacía un año antes? Después de que ella había muerto él había perdido su gusto a escribir a mano salvo casos de absoluta necesidad utilizaba de mala gana el bolígrafo que ella le había dado cuando cumplió sus 14 años.
Para él la vida transcurría por transcurrir en su lugar, en aquel último piso de un edificio en la Av. De Gresillons, terminó de redactar y dando el último sorbo a su taza de café se dijo en voz lo suficientemente alta como para traspasar las paredes del departamento
- ¿por qué todo mundo sueña con venir a París? – dijo
- Porque según ellos es “la ciudad del amor” – dijo una voz en el otro lado de la pared - ¡Ya duérmase vecino, duerma y déjenos dormir! –
Así que Julien se dio la vuelta sobre su costado y cayó en un sueño profundo del cual no quería despertar. A la mañana siguiente, muy temprano, despertó pues había que ir a entregar las notas al diario así que caminó hacia Pierre Boudou para cruzar el Sena y llegar a General Roguet, solía recorrer éste largo trecho a pie y al pasar frente al Hospital Beaujon, no muy lejos de ahí (de hecho enfrente) se encontraba un cementerio - ¡Qué ironía! – dijo - ¡Si se les mueren pueden enterrarlos inmediatamente! – y así se alejó mientras reía. El Otoño hacía de la mañana algo un tanto nostálgico, el viento frio corría y agitaba las hojas caídas sin cesar, quizá (sólo quizá) Julien se sentía un poco menos harto del mundo, de su mundo y de la vida. Entregó sus notas para que éstas fueran publicadas en la edición de la tarde, aquella que adquirían los trabajadores al salir de sus empleos y que leían al viajar por el subterráneo para luego doblar el ejemplar y dejarlo olvidado en el asiento del vagón, él lo sabía y por ello, sabiendo el destino de sus letras y comprendiendo que éstas algún día sería olvidadas, escribía cada vez con menos entusiasmo.
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Strings making music (Tomada con Instagram)
Au revoir, Monsieur Chat! (Tomada con Instagram)

- ¡Espera! - Ese grito fue escuchado por la poca gente que caminaba por la avenida aquella mañana de Domingo.
El grito, aquel estruendo y luego nada, ¡Y pensar que se quedaron separados a un grito de distancia y que ahora esa distancia se había convertido en una barrera infranqueable!. Habían discutido la noche anterior:
- ¡Es que siempre es lo mismo! - le dijo ella.
- ¡Nada de eso, son inventos tuyos! además recuerda que habíamos puesto las cosas en claro hace algunos meses, se supone que estábamos bien- respondió. Y mientras avanzaba la noche los gritos y reclamos seguían.
¿Se les habrá acabado el amor? Quizá, quizá no ¿costumbre? ¡Eso es un cliché que sólo se usa en las canciones! De pronto nada importaba, sólo importaba Ella, de pronto recordó aquel futuro que habían construido para si, cuando nada más importaba que ellos dos, que el amor que se tenían, y de pronto ¡nada!. Recordó sus promesas de cambio, recordó aquellas promesas de ser una mejor persona (¿Que era “ser una mejor persona”?) y es que después de saberse enamorado Él supuso que era posible pero ¿cómo hacerlo si toda la vida había sido así?. Ella lloró, Él lloró, ambos lloraron mientras avanzaba la noche y en un arrebato de ira Ella le confesó un embarazo que algunas semanas atrás le estaba ocultando… se sintió un ambiente tenso, un frío intenso recorrió su espalda y fue entonces que, sintiéndose incapaz de aceptar su destino contempló los ojos de la mujer que le estaba dando todo a cambio de nada. Se sintió asesino porque había matado las esperanzas que ella había puesto en él desde hace tiempo:
- ¿Quién lo iba a pensar?, después de todo tienes sentimientos - se dijo a si mismo, y luego de ello la miró de frente y le dijo con la voz entrecortada por un inminente llanto -Yo no puedo hacerme cargo, ¡apenas y puedo con mi vida! ¿Cómo pretendes siquiera que pueda hacerme cargo de otra? - . El llanto nuevamente llegaba a ambos y Ella, con la mirada fija en sus ojos masculló - ¿Es eso lo que quieres? ¿Que fue de todo lo que planeamos juntos? - , - ¡Ya no hay un “juntos” - le ladró y en ese instante ella, llena de rabia salió a la calle corriendo, no quería verlo (al menos no por ahora) y cuando se disponía a cruza la avenida se escuchó un grito:
- ¡Espera! - le gritó, y mientras eso sucedía sintió como su vida terminaba, como aquellas promesas de cambio vacías se iban, como aquel “juntos” (que jamás existió) efectivamente desaparecía. Él corrió a su lado pero poco podía hacer, no hizo mas que sostener su mano mientras ésta ya no se aferraba a la vida y luego nada…
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(Source: youtube.com)

Cierta vez, caminando por las calles de su pueblo, Ana recordaba cuánto le gustaba el empedrado de sus calles, de pronto se encontró buscando patrones y formas en él, intentando descubrir dentro de su caos algo significativo, algo que le permitiese recordar por siempre aquella escena ¿que escena? la escena de aquella noche calurosa de verano donde a la vera del camino, entre la hierba algunas luciérnagas brillaban débilmente e invitaban a mirar atentamente su danza hipnótica y casi sobrenatural -¿Por qué brillan las luciérnagas?- se preguntó De pronto recordó que a los 9 años uno de sus profesores le explicó que brillaban debido a la reacción química que ocurre dentro de sus cuerpos,ella no le creyó, creía mas en las palabras de su abuela,una viejecita de 89 años de aspecto frágil pero fuerte como un roble que habiendo criado a 5 hijos y otros tantos nietos sabía mucho sobre la vida. Su abuela decía que las luciérnagas eran estrellas que habían caído del cielo por no haberse agarrado con fuerza así que para Ana aquellos luminosos insectos era y siempre serán estrellas.
Esa noche no importaba nada mas que ella, se sentía libre, libre como el agua que a lo lejos, cerca de un arroyo escuchaba correr - ¿Por qué corre el agua? - se preguntó, y de repente recordó que el agua corre debido a cierta acción que ejerce sobre ella la gravedad terrestre, a ella no le gustaba la definición de la física, le gustaba más la definición de su abuela que decía que el agua corre porque está viva y alegre, que escurre y moja todo a su paso porque es su forma de repartir felicidad, ella le decía también que el agua era tan maravillosa que noble que a su paso repartía vida y dentro de ella había vida también ¡sólo habría que ver la cantidad de pececillos que llevaba en su cauce el río!. En ese momento Ana sintió que era el agua y que no importaba nada mas. Entonces miró al cielo y miró la Luna junto a Venus como su fiel acompañante, la Estrella de la tarde aún se dejaba ver a aquellas horas nada extraño pues recién había anochecido, recordaba lo que la gente le decía cuando ella señalaba a Venus y comenzaba a contar la historia del poderoso y sabio Quetzalcoatl, obligado al exilio y transmutado en una Estrella que acompañaría a la caída de la tarde por siempre - ¡Estás loca! - le decían sus amigas, - ¡Deja de fantasear! - le decían sus padres. Nadie entendía que la única forma de comprender el mundo era a través de los sueños… Siguió mirando al cielo y luego, gracias a un suspiro que escapó de ella regresó a la realidad para continuar caminando, buscando patrones y formas entre el caos del empedrado de las calles de su pueblo.